Experiencia: ¿Que hay para mañana profesor? – Parte IV

18 julio, 2017 • Leonardo Gonzalez

Hemos llegado al final de esta historia, les adelantamos que José ya está Chile, feliz, prosperando y con mucho que contar en su blog. Esta experiencia de un emigrante a mediados del 2017 es lo mas útil que puedes leer si estás pensando en emigrar próximamente a Chile o a cualquier país del continente sudamericano. Pueden hacer preguntas al final, serán respondidas, solo si son pertinentes.

Experiencia Que hay para mañana profesor VIII

Por la razón o por la fuerza

Pisamos Chile por primera vez la tarde del martes 23 de mayo, alrededor de las 6pm. Nos recibió con un abrazo helado, al que respondimos con nuestro calor interno. No vimos mucho durante las primeras horas, pues entramos prácticamente de noche. El bus hizo una parada en un pueblo cuyo nombre no recuerdo, alrededor de las 9pm. Ronny compró en un restaurante un pollo al maní. Yo tenía mi apetito muerto desde hacía rato. Primero por el psicoterror de los bolivianos de la frontera. Luego por la emoción de la entrada al país. Así que apenas si probé algo. Me supo a nada. Me dormí escuchando a Antonella sorber su sopa.

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A medianoche pasamos por Arica, en la región de Arica y Parinacota. Nos sorprendió lo movida que se veía la ciudad, para ser medianoche. Allí el bus hizo parada. Me volví a dormir casi en el acto. Despertamos en nuestro destino, Iquique, capital de la región de Tarapacá, alrededor de las 4.30am del miércoles 24 de mayo.

Esperamos a que el terminal despertara. Poco antes de las 6am, comenzamos a ver movimiento. Ronny consiguió una casa de cambio, y cambiamos solo una parte, porque el señor tenía la tasa de cambio a 600 pesos por dólar. Nos pareció muy baja. Supimos que en Santiago podíamos conseguirlo a 665 pesos por dólar, que es la tasa oficial. Así que solo cambiamos lo suficiente para este tramo del viaje.

1 $ = 665 pesos chilenos

Luego compramos los pasajes. Nos habían recomendado la línea Ciktur, pero nos pareció que estaba muy cara –además de cerrada-, así que nos fuimos con la línea Pullman San Andrés, que tenía los pasajes a 250.000 pesos hasta Santiago, saliendo a las 7am. Esperamos un poco más, me familiaricé con la moneda local –francamente, que billetes tan bonitos- y dimos algunas vueltas por el terminal. Vimos que la costa estaba muy cerca.

Así comenzó nuestro penúltimo tramo: Iquique-Santiago. Un viaje de 24 horas. Puedo decir que aprecié cada una de esas horas. El paisaje era algo totalmente nuevo para mí. Una impresionante cordillera a mi izquierda y un inquieto océano Pacífico a mi derecha. Era la primera vez que veía el océano Pacífico. La ciudad de Iquique me pareció encantadora. Me parece que fue la última vez que sentí calor en el ambiente. Adiós, temperaturas sobre 15º. Las echaré de menos.

Llegada a Chile de los emigrantes

Poco antes de las 10am hicimos una parada forzosa en la frontera entre Tarapacá y Antofagasta. Los aduaneros estaban de paro, así que no pasaríamos hasta mediodía. Aprovechamos la parada para comer y echar un ojo a la playa. Había un restaurante poco encantador cerca, con unas empanadas nada memorables. Aquí tuve mi primer encuentro con una realidad que me tocará vivir por mucho tiempo: en Chile el café colado es una rareza; el santo patrón cotidiano es el Nescafé. Suena muy bonito durante las primeras tres tazas, pero luego recuerdas el colador negro de la cocina con sus vapores aromáticos y dan ganas de llorar.

Fuimos hasta la playa –como a 300 metros de la carretera- a ver las olas más de cerca, muriéndonos de frío. Luego regresamos, y menos mal que lo hicimos, porque los aduaneros levantaron el paro antes, y pudimos pasar a las 11am, tras otro chequeo de pasaporte y equipaje. No me quejo de esto. Ojalá este tipo de control se llevara a cabo en todas partes.

Y seguimos. Comimos las tres comidas que ofrecía la línea. Un tanto insípidas. Parecía comida de hospital. Pero se agradece. Hicimos parada en una ciudad que no recuerdo bien –creo que era Antofagasta-, en un terminal que casi parecía aeropuerto. Y luego seguimos, y seguimos, y seguimos.

En general el paisaje del norte de Chile me pareció fascinante. Como estar dentro de un atlas de geografía o en una película de corte independiente. Fue surreal atravesar un desierto y tener que usar dos chaquetas para sobrellevar el frío. Al caer la noche ya no pudimos ver nada. Solo una terrible película tailandesa que se repitió a sí misma.

Así despertamos el jueves 25 de mayo llegando a Santiago. Me perdí Valparaíso. Que chimbo. Había neblina y llovía a la usanza inglesa. Apenas si tuve tiempo para sorprenderme por la cordillera y los edificios. Llegamos al Terminal de buses sur de Santiago –creo- y de inmediato compramos pasajes para Los Ángeles, en la región del Biobío.

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Aquí nos despedimos de nuestros últimos acompañantes: Maricarmen, Israel y Antonella. Ellos se quedarían en Santiago. A nosotros aún nos quedaba camino por recorrer. Nos despedimos y quedamos en estar en contacto. Con el wifi de la terminal, pudimos dar señales de vida a nuestros familiares. Luego de eso, y teniendo que esperar aún dos horas para la salida del bus, teníamos dos urgencias: comunicarnos con mi primo y bañarnos. En serio. Yo no me aguantaba a mí mismo. Y no porque oliera mal, porque no olía mal –las cinco capas de ropa lo disimulaban muy bien- sino por la sola idea de llevar más de 72 horas sin bañarnos. Apenas si me había cambiado la ropa en dos ocasiones en el baño de los buses. Nuestra salvación vino en forma de un gran letrero: BAÑOS PÚBLICOS – DUCHAS. Me dio igual pagar 3000 pesos por una ducha. En ese momento no sabía aún el valor de 3000 pesos. Poder bañarme, con agua caliente, con jabón y champú, fue como volver a la vida. Ahora sí estaba listo para afrontar ansiosamente el último trayecto.

¿Quieres ver el final de la historia? Siguelo aquí, solo para quienes han llegado a encariñarse con José.